A lo largo de mi vida, no sé si sea mucha o sea poca, he aprendido una cosa, creo que de las más importantes, el amor, no se debe ni se puede explicar, el amor solo se vive. Es la máxima que me han dejado las experiencias, los pensamientos, las largas noches de insomnio y de llanto.
En innumerables ocasiones cuestioné el amor, quise aprehenderlo, pero no encontraba una respuesta que me fuera satisfactoria, amé como creí y como pude, algunas veces engañándome de que amar era poseer a alguien. Otras, convenciéndome de que el amor solo existía en letras, en lienzos… en objetos hermosos que estremecían mi corazón.
Intenté imitar esa forma de expresión, para desenvolver el misterio que tanto acongojaba mi alma, di más de lo que debía en algunas ocasiones… pero solo con el propósito de esclarecer esa duda, me abandoné al delirio de explorar a través de caminos sinuosos… todo, para nada. Mi duda quedaba insatisfecha y carcomía mi ser lentamente, orillándome a pensar que nunca encontraría una respuesta, orillándome a sentir la miseria correr por mis venas, al no ser capaz de desenvolver tal cuestión…
Por un tiempo abandone ese ferviente delirio, abandone ese impulso que hacía de mí un ser distinto, me abandone a lo cotidiano, me deje llevar por los mares de personas que solo vienen y van sin una razón, me abandone a la mediocridad y deje de cuestionarme… deje de ser.
Algunos días una chispa de mi antiguo ser flotaba al exterior, pero se apagaba de inmediato al saber que no valía la pena ser desperdiciada. Deje de alimentar mi curiosidad, dejaba mis pensamientos a medias, al estar rodeada de tanta apatía, ridículamente me dejaba mediocrizar, como alguien que ha perdido todo y no tiene razón de ser, solo que yo no había perdido nada.
Me sentía constantemente insatisfecha con todo, con nada. Buscaba cosas que no quería encontrar, me encontraba a la deriva de la nada. Nada. Nada pasaba, nada pensaba, nada hacía, nada miraba, nada sentía… nada de nada.
Así, nada me satisfacía, ni lo hermoso, ni lo horrible… ni lo sublime… ni lo grotesco.
Ni crear, ni destruir… en cosas sencillas encontraba un extraño alivio que me hacían sentir viva, humana, objetos o situaciones que nada tenían que ver con lo humano, que se encontraban fuera de la mano del mismo, que por llamarlas de algún modo eran divinas, divinas por que no podían, ni debían ser controladas… así, como la brisa ligera que acaricia las mejillas, el movimiento de las nubes, una mariposa reposando en la banqueta, un atardecer, un amanecer… las estrellas… la inmensidad del cielo que se encuentra tan distante y parece que con solo alargar la mano pudiésemos tocarlo, sabedora de las sensaciones que envolvían mi ser con todo eso, respiraba profundo y me convencía de que, efectivamente, la esperanza muere al último.